Es curioso que lo último que voy a escribir para este libro sea lo que aparezca bien al principio, en el prólogo. Me propuse componer el índice primero, mirar los títulos de cada sección y, sin leer el desarrollo, buscar cuál o cuáles eran los problemas que más me tentaban.

Es decir, como fui escribiendo las historias a lo largo de todo un año, cada una de ellas estuvo rodeada de distintas situaciones particulares: cómo me enteré del problema, cuánto participa­ron otras personas en discutir conmigo la solución, qué impacto le produjo a cada uno de ellos, en qué lugar del mundo esta­ba cuando la fui escribiendo y cuánto tiempo me llevó hacerlo, cuánto me costó encontrar los lugares en donde estaban las difi­cultades de cada uno… y así podría seguir desmenuzando cada estación (historia) que aparece en este libro.

Tengo varias historias favoritas. Acá va la lista y algún comen­tario que me quedó por hacer.

1) “El problema del ping-pong” me tuvo entretenido un buen tiempo. Me lo contó Carlitos D’Andrea anunciándome ‘éste es de los problemas que que te gustan’. Y sí. No sólo me gustó sino que la solución se me ocurrió mientras esperaba un subte en el centro de Nueva York. Había dos personas bolivianas, ha­ciendo una música maravillosa. Recuerdo que pensé: ¡qué in­justicia que tengan que desplegar su arte en este contexto! No sé qué canción estaban ejecutando cuando advertí que se me había ocurrido algo que no había pensado antes y me di cuenta de que ya sabía cómo hacer para presentar la solución. Entré en el subte y como —afortunadamente— me pude sentar, usando mi viejísima lapicera Lamy garabateé la idea en un papel de esos que siempre llevo en el bolsillo de la camisa. Ni bien llegué de vuelta a la habitación del hotel, escribí la solución apurado. Es la que aparece en el texto principal.

2) “El bar antisocial”: éste es un problema clásico de los que aparecen en las pruebas de admisión que hacen las grandes com­pañías (Apple, Google, Microsoft, Oracle, por nombrar algunas). El primero de ellos se lo escuché a Gerry Garbulsky hace más de veinte años cuando él y Marcela, su compañera de toda la vida, estaban aún radicados en Estados Unidos. Gerry me contó sobre una pregunta que le habían hecho: cómo estimaría él el número de afinadores de piano que había en Boston. Justamente ese problema apareció en el primer libro de la colección ‘Mate­mática… ¿estás ahí?’. Desde allí tengo un particular interés por encontrar y difundir problemas de ese estilo, y así fue como supe de una charla que dio William Poundstone en Medill Northwes­tern University, en Evanston, uno de los suburbios de Chicago. La conferencia de Poundstone giró alrededor de una idea que me parece ‘esencial’: convencer a la audiencia de que Google no trata de detectar quién es ‘suficientemente brillante’ para traba­jar en la empresa, sino de descubrir quiénes son las personas que tienen la pasión y persistencia suficientes para seguir intentando cuando no pueden resolver un problema, y a pesar de eso siguen y siguen pugnando sin claudicar, hasta encontrar lo que a uno le hace falta para resolverlo. Poundstone es el autor del título del problema “El bar antisocial” aunque Carlos D’Andrea me dijo que es conocido como el ‘problema de los mingitorios’. No importa cuál de los dos sea, permítame sugerirle que no se lo pierda.

3) Un breve agregado al problema anterior. El día 22 de julio de 2015, recibo un mail de Gerry Garbulsky. Lo quiero transcri­bir textualmente: “Acá estamos con Juli [su hijo mayor] que me dijo recién: “Pa, tengo ganas de pensar. ¿Tenés por ahí algún pro­blema de Adrián?”. Abrí el libro último al azar, sin saber dónde ‘caería’ y estamos pensando juntos el del bar antisocial (que ya me habías contando en el Bar El Caballito). Todavía lo estamos pensando, pero nos surgió un comentario sobre el enunciado que queremos pasarte, por si estás a tiempo (si el libro ya entró en la imprenta, ¡borrá este email y listo!)”. Aquí paro la transcrip­ción porque lo que quiero transmitir ya está expresado en esas líneas. Le quiero hablar a usted que está leyendo este prólogo: ¿se da cuenta de lo que me significa que Gerry en este caso, pero vale para cualquier padre, sea capaz de recibir de su hijo una re­flexión como ésa: “¡¡¡TENGO GANAS DE PENSAR!!!”? ¿Qué más puede uno pedir?

4) Necesito hacer justicia con alguien que es una máquina proveedora de ideas fantásticas. Me refiero a Juan Pablo Pinasco. Bastará con que se adentre en el libro y descubrirá algunas que son espectaculares. Quiero contar algo que pasó alrededor de la historia que llamamos (él y yo, juntos) “Pinasco y el Sistema Dinámico Repulsor”. En una reunión ‘virtual’ que hicimos entre María Marta García Scarano (la productora general de Alterados por PI), el propio Juan Pablo y yo, estábamos haciendo una ‘lista’ de los problemas tentativos para una de las grabaciones. Ellos estaban en la productora El Oso en Buenos Aires, y yo estaba en ese momento en Chicago. Entre los tres, ya habíamos acordado que la historia sobre el sistema dinámico ‘repulsor’ iría seguro cuando grabáramos en la provincia de Mendoza. Juan Pablo me comentó que lo había visto en una revista rusa, hablando de olimpíadas matemáticas que se habían desarrollado en Moscú. De todas maneras, como el problema me había gustado tanto, lo escribí y se lo mandé a Ernesto Tiffenberg y Hugo Soriani (codirectores de Página/12) para que evaluaran si valía la pena publicarlo en una de las contratapas. Ambos decidieron que sí, y apareció en el diario el 10 de agosto de 2014. Lo notable de este episodio es lo que me contó Juan Pablo el día de la reunión: “Como el día de la publicación fue un domingo, Selva [su seño­ra] y yo nos quedamos durmiendo un poco más de lo habitual. En un momento determinado se abrió la puerta de la habitación y entraron mis dos hijos [Cecilia de nueve años y Federico de tres], con la versión impresa del artículo. Nos despertaron con el diario en la mano, mientras exhibían —supongo que con or­gullo— que hubiera aparecido el apellido de la familia en letras ‘tan grandes’. Curiosamente mis padres, que habitualmente re­siden en Gualeguay, estaban de visita en Buenos Aires y fue mi padre quien se llevó a Cecilia hasta el quiosco para comprar el diario, porque una tía mía que vive en Córdoba ya había puesto a la mañana temprano en Facebook lo que había salido en el diario. Creo que ‘toda’ la familia, de una u otra forma me dijo ese día: ‘¿Viste lo que salió en Página/12?’. Sí, ya lo había visto”. Me emocioné cuando me enteré de la historia y me puso contento por Juan Pablo: es un tipo fuera de serie y los problemas que me sugiere, también. Cada vez que vea su nombre asociado con al­guna de las historias que aparecen en este libro, no dude de que es buena (por él, naturalmente). No se la pierda.

Fuente: Adrián Paenza

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