De vez en cuando, los acontecimientos asociados a la competitividad traen de golpe a mi mente aquella excla­mación desesperada de la precoz Mafalda cuando con perspicacia nos dice: “¡Paren, paren el mundo, que me quiero bajar!”

Y es que la competitividad, si bien nos trae progreso y bien­estar cuando nos exige sacar lo mejor de las cosas, tam­bién nos afecta, dolorosamente, cuando a veces hace aflorar lo peor de las personas.

¿Para dónde va el mundo? ¿Podemos hacer algo para que sea lo que queremos y no aquel que hace que alguien grite porque quiere bajarse de él?

Yo creo que sí. Si todos encendiéramos una pequeña vela, tendríamos el mundo iluminado que soñamos. Es decir, si queremos heredar a nuestros hijos un mundo vivible, y ojalá disfrutable, debemos comenzar hoy por hacer de cada una de nuestras empresas un lugar de trabajo más humano, más grato, más acogedor.

Las páginas de este libro, las he escrito con el fin de provo­car amistosamente al lector, en la secreta esperanza de que gatillen en él algunas ideas que le muevan en esa di­rección.

¿Recurso Humano?

La Nueva Empresa ha de emerger sobre la base de una concepción más clara y verdadera acerca de quienes la integran, en sus distintos ámbitos y roles.

Desde hace ya varios años que en mis seminarios suelo preguntar: “¿Qué es el Recurso Humano?”. Casi siempre la respuesta es unánime y sigue siendo la misma: “Las per­sonas” o “Los trabajadores”. Y yo continúo preguntando: “¿Todas las personas, de todos los niveles y cargos?”. “Sí”, es la respuesta; que esta vez suena más fuerte como que­riéndome hacer notar que atisban algo de discriminación en mi pregunta. ¿Incluso el gerente general? -pregunto yo como extrañado. ¡Claro que sí! ¡Por supuesto! ¡Todos!

Entonces, yo me detengo y digo con voz fuerte y clara: “¡No estoy de acuerdo! ¡Definitivamente no estoy de acuerdo! El gerente general… ¡no es Recurso Humano!” (y hago una pausa que hace que el ambiente se enrarezca hasta que siento en sus miradas una protesta contenida). Pese a ello, me atrevo a decir después: “Los supervisores… ¡tampoco son Recurso Humano!”

Luego digo: “Los trabajadores, aquellos que se desempeñan en el nivel operativo y que denominamos “subordinados”., ¡tam-po-co!” Y continúo: “¡Ninguna persona es recurso hu­mano! Simplemente, porque… ¡las personas no somos re­cursos!, sino que algo muy distinto y superior a ello. Es más -sigo diciendo- todo puede ser recurso, menos nosotros las personas”.

Tras esa aclaración vuelvo a recuperar un ambiente de paz, que se evidencia cuando las cabezas comienzan a moverse una tras otra en señal de asentimiento. Y algunos rostros como que hasta llegan a iluminarse con esta nueva propuesta.

En realidad, la expresión “Recursos Humanos” siempre me ha producido incomodidad (y a veces franco malestar); aunque la escribamos con mayúscula y aunque digamos que este recurso es el más importante, como suele enfati­zarse en las reuniones de fin de año, mientras se comparte con los trabajadores y se brinda con una copa de cham­paña.

Bueno, pero. ¿Existe el Recurso Humano? . ¿Son las per­sonas el Recurso Humano? No. Entonces. ¿Qué es el Re­curso Humano? El recurso humano son “las capacidades de las personas”. Es decir, el recurso humano son los talen­tos de las personas, sus conocimientos, sus experiencias, sus habilidades… ¡pero no las personas!

Esto nos lleva a concluir rápidamente que no debemos pre­tender “administrar” a las personas, sino que lo que debe­mos administrar como recursos son las capacidades de las personas. Las personas, en realidad, no se administran, se lideran.

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Fuente: Rekrea

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De vez en cuando, los acontecimientos asociados a la competitividad traen de golpe a mi mente aquella excla­mación desesperada de la precoz Mafalda cuando con perspicacia nos dice: “¡Paren, paren el mundo, que me quiero bajar!' Y es que la competitividad, si bien nos trae progreso y bien­estar cuando nos...